Mi maestro Phil y mi alumno Mateo
Siempre he sido muy curiosa. Y preguntona. Especialmente si algo me desconcierta.
Creo que de niña causaba algo de gracia. Mi abuela, después de mi torrente de preguntas, exclamaba con un tono entre divertido y sofocado:
–¡Bueno, pero tú quieres saber del huevo y quién lo puso!
–¿Y quién lo puso, abuela? –Le respondía yo, incapaz de entender la broma y de quedarme con la duda.
Mis padres por lo general se esforzaban por ayudarme a encontrarle algo de sentido al mundo lleno de contradicciones que me rodeaba; pero su paciencia tenía límite, y cuando mis interrogatorios lo rebasaban, no había más explicación que «Porque sí y punto. Cállate y sé prudente».
Mi problema se agravó cuando comencé a estudiar inglés. Mi necesidad de explicaciones lógicas no era compatible con el comportamiento errático de las vocales inglesas ni con lo insólito de los verbos auxiliares. Cuántas discusiones tuve con cuántos maestros tratando de entender por qué para preguntar en presente se usa do o does, pero en la pregunta who wants to go? se usa el verbo conjugado en tercera persona. Whyyyyyy????
En el mejor de los casos recibía respuestas como just because! o it is how it is! En el peor, una mirada condescendiente y una risita que me recordaba que no estaba siendo prudente.
Nadie podía darme una respuesta que apaciguara mi intranquilidad.
Excepto mi maestro Phil.
Él no solo escuchaba atentamente mi pregunta, sino que conectaba con mi angustia. Se daba cuenta de lo absurdo de las reglas y me daba la razón.
–Es cierto, lo lógico sería como dices tú.
Y se embarcaba en una búsqueda de razones que pudieran darme algo de tranquilidad. Cada mañana llegaba a la clase y me entregaba un puñado de fotocopias que había tomado de diferentes libros a los que obviamente yo no tenía acceso (en 2002 todo era lápiz y papel). Yo recibía esas hojas como un tesoro y cuando volvía a mi casa dedicaba toda la tarde a revisarlas detenidamente y a escribir todas las dudas que me salían en el proceso. Al día siguiente le compartía mis reflexiones y le volcaba encima otro cargamento de dudas, y él, a su vez, después de haber investigado, me entregaba otro legajo con nuevas revelaciones que poco a poco iban sosegando mi alma y manteniendo vivo mi deseo de continuar aprendiendo esa lengua.
Ese ritual duró unos dos meses, el tiempo que estuve en ese curso intensivo con él, pero eso fue suficiente para que el impacto que dejó en mi vida no se hubiera borrado aun después de los 24 años que han pasado. Creo que mi maestro Phil me enseñó más que solo inglés y me dio más que solo respuestas: le dio validez a mi curiosidad y me enseñó a no sentir incomodidad ni vergüenza por no entender y querer saber más. Como si el hecho de que un maestro decidiera dedicar horas extras a investigar un tema para mí, me susurrara al oído: lo que te interesa saber tiene valor, no estás siendo imprudente.
A lo largo de mi carrera como maestra de español me he encontrado con varios alumnos preguntones como yo. No son muy frecuentes. La mayoría de los estudiantes solo quieren entender lo mínimo para pasar los exámenes y quitarse de encima el requisito del idioma extranjero.
Pero Mateo no.
Mateo tiene 16 años, está cursando Spanish 2 y es el estudiante más curioso y preguntón que he tenido hasta ahora.
–Es todo un Priscilito –me dicen mis hermanas.
Él no solo quiere saber «del huevo y quién lo puso», sino que además quiere saber en qué tiempo está conjugado y qué tipo de verbo pronominal es. Lleva varios años estudiando latín, por lo que puede advertir muchas similitudes en la gramática del español y se recrea descubriendo curiosidades del lenguaje, como el hecho de que el diminutivo en la frase «preparé unos frijolitos charros» no se refiere al tamaño de los frijoles ni a que ese sea su nombre de cariño, sino a que se está buscando un tono más caluroso, familiar y apetecible.
Si el material tiene alguna errata, seguramente Mateo la encontrará. Y si la tarea se trata de escribir 200 palabras, seguramente Mateo escribirá 400 porque quiere tener más práctica, y además me responderá cada comentario que le haga con tres preguntas más para ampliar el tema.
A sus compañeros les da pereza cuando Mateo levanta la mano para hacer una pregunta y les fastidia que les corrija su forma de hablar. Las maestras temen ver una pregunta de Mateo en su bandeja de entrada; prefieren reenviármelas a mí. A mí me emociona ver su curiosidad y leer sus inquietudes. Me paso horas con la nariz metida en mis antiguos libros y haciendo búsquedas en la gramática de la RAE. Varias veces he tenido que consultar a mi amiga Gabi, traductora y correctora profesional, porque no logro encontrar una respuesta que me parezca lo suficientemente lógica para explicársela a Mateo.
Pero he comenzado a cuestionarme por qué lo hago.
¿Para qué dedicar tanto tiempo encontrando respuestas cuando podría decirle que no se complique tanto y se lo aprenda así? Con el tiempo lo irá entendiendo.
Bueno. Yo sé lo que se siente aprender una lengua que opera con una lógica completamente distinta a tu lengua materna; entiendo la frustración de no entender esa lógica y sentir que todo es absurdo. Conozco la vergüenza de que todos te vean como el pesado que no aprendió a ser prudente ni desarrolló «tolerancia a la frustración». Y, al responderle, siento que estoy manteniendo viva su curiosidad. Que estoy abriendo el camino para que siga maravillándose con las rarezas de mi lengua y que siga sintiendo ganas de aprenderla a pesar de ellas. Como si de alguna manera, el que su curiosidad se mantenga intacta dependiera de mí.
Pero ¿realmente es así?
¿Se puede realmente cuidar la curiosidad del otro? ¿De verdad tenemos ese nivel de influencia como maestros o papás?
¿Qué pasa si eso no es sostenible para siempre? ¿Qué ocurre con un niño curioso cuando la persona que tiene enfrente no tiene tiempo, conocimientos, energía o interés para sostener sus inquietudes?
¿Y qué pasa si, a pesar de obtener todas las respuestas, su curiosidad sí desaparece? ¿Hasta dónde es mi responsabilidad?
Si nunca me hubiera topado con el maestro Phil, ¿habría abandonado el estudio del inglés? Lo dudo mucho.
Si no me detuviera a responderle todas sus dudas a Mateo, ¿abandonaría el español? No lo sé. También lo dudo, porque es un estudiante dedicado y tenaz.
Entonces, ¿cuánto de mi necesidad de responder está directamente relacionada con mis estudiantes y cuánto con la niña que fui, quien todavía necesita esas respuestas?